[…] Marqué el número de Aminatou Haidar, una mujer de cuarenta y un años que ha llegado a simbolizar la lucha no violenta por los derechos de los saharauis. Acordó reunirse conmigo la tarde siguiente.
Lloviznaba cuando recorrí el Boulevard de Mekka, la calle principal del centro de la ciudad. Había restaurantes donde vendían pollos asados, bancos, tiendas de ropa y cafés donde se sentaban los hombres en sillas de mimbre o de acero bruñido. Los vendedores ambulantes ofrecían cigarrillos Marlboro y American Legend de contrabando. En todas las manzanas ondeaban banderas marroquíes. p. 40
[…] Al día siguiente por la tarde, se detuvo cerca del hotel un viejo Renault 9 de color negro. Una mujer de gafas de sol marrones se inclinó para abrir la puerta del pasajero. Aminatou Haidar. Durante diez minutos circuló con cuidado en medio del tráfico, hasta que desembocó en la calle principal y aparcó delante de un bloque de viviendas de una bocacalle, donde un amigo tenía un piso. «Mi casa siempre está vigilada, por eso es mejor quedar aquí», dijo.
Nada más entrar, le sonó el móvil. Era Latif Allal, profesor de inglés y miembro de la junta directiva del Colectivo de Defensores de los Derechos Humanos de los Saharauis, o Codesa, organización ilegal presidida por Haidar. Venía de camino para intervenir como intérprete en nuestra conversación, cuando lo detuvo un guardia. «Vamos», dijo Haidar, mientras sujetaba el bolso. Condujo de nuevo hasta la concurrida calle principal y enseguida divisó el coche de Allal, que intentaba convencer al guardia de tráfico de que no había excedido el límite de velocidad. Yo me hundí en el asiento del pasajero mientras Haidar se les acercaba. Menuda escena; una mujer diminuta envuelta en una melehfa de rayas verdes y amarillas sobre un grueso jersey de color lima y calcetines a juego, enfrentándose a un bigotudo guardia marroquí de alta estatura, con botas lustradas y una pistolera blanca en la cadera. Discutieron algunos minutos y después ella volvió al coche. El policía había confiscado a Allal el carné de conducir. «Siempre lo mismo, intimidación, provocación», comentó furiosa, mientras volvíamos al piso donde nos íbamos a reunir. En un enorme salón, con sofás largos y chatos apoyados contra tres paredes, una mujer preparaba té en una cocina pequeña de carbón. Haidar se quitó los zapatos y se acurrucó en el suelo con las piernas cruzadas. Me contó su historia.
Nació en El Aaiún en 1967. Nueve años después, presenció la desintegración del clan familiar cuando entraron las tropas marroquíes en la ciudad. Varios parientes tanto paternos como maternos huyeron a los campamentos del Frente Polisario en Argelia; la construcción del Muro de Hasán selló muy pronto la separación. Entretanto, centenares de saharauis que abogaban por la independencia fueron recluidos en cárceles clandestinas de Marruecos. Poco después, el tío de Haidar fue uno de los Desaparecidos. «Mi madre lloraba pensando en su hermano. Ese hermano tenía seis hijas, que soportaban una terrible tensión. De ese modo, comprendí que había una terrible injusticia.» En noviembre de 1987, mientras estudiaba bachillerato de ciencias, Haidar participó en la organización secreta de una manifestación independentista que iba a coincidir con una misión de investigación de la ONU en el Sáhara Occidental. A las 3:30 de la mañana, antes de la hora en que estaba previsto el aterrizaje de la comisión de la ONU, un grupo de policías de paisano llegó a la casa de los padres de Haidar. Todavía en pijama, la metieron en una furgoneta y le vendaron los ojos. Secuestraron al mismo tiempo a otros setenta saharauis jóvenes, a los que se conoce como «el Grupo de la Comisión». Haidar estuvo retenida durante dos días en un infame centro clandestino de detención de El Aaiún, llamado el Poste de Commandement: Companie Mobile d’Intervention, o PC.CMI. La sujetaron a un tablón, boca abajo, con las manos y los pies atados. Los oficiales le pegaban patadas y la abofeteaban, amenazaban con violarla y la torturaban con descargas eléctricas. Después la trasladaron a otro centro de detención clandestino llamado El Bir. La playa estaba cerca; oía y olía el mar. Durante una semana las mantuvieron hacinadas a ella y a otras dieciséis mujeres en una celda de dos por dos metros, aún con los ojos vendados, amordazadas y obligadas a permanecer de cara a la pared durante varias horas seguidas. Cuando la llevaron de vuelta al PC.CMI, siguió viviendo en la oscuridad.
«Intentábamos desplazar un poco la venda de los ojos para ver el suelo. Pero la policía nos ponía una luz delante de los ojos; si reaccionábamos, sabían que tenían que apretar la venda.» Al final les quitaron la venda. Era el año 1991. La desaparición de Haidar había durado tres años y siete meses.» p. 42-44
Traducción de Marta Pino
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* Lee el texto completo en “Cosa de hombres”, el número 10 de Granta en español
