
Cuento con la colección completa de Granta, salvo el primer número. He concluido que nunca más se podrá conseguir el número 1. Desapareció, se ha desvanecido. Llevo años tratando de encontrarlo en librerías de lance, y más recientemente en internet, pero en vano (por supuesto, tengo la reimpresión de 1989 de tirada limitada, pero no es lo mismo, no es el auténtico). Y mi búsqueda se ve avivada por la certidumbre amarga e imperecedera de que, en una ocasión, tuve de hecho el primer número. Lo compré en Oxford en 1979, fue mío durante un tiempo y después lo perdí. Tengo los números del dos al seis originales, también sumamente raros, los que aparecieron antes de que la asociación de Granta con Penguin diera comienzo con el célebre Granta 7 -el primer “Los mejores novelistas jóvenes británicos”-, pero tenerlos, y tener los demás y no tener el número uno, sigue causándome una irritada frustración.
Cito esto como prueba de la longevidad de mi relación con la revista, pero de hecho el vínculo se remonta aun antes, precediendo la adquisición del desaparecido Granta 1. En 1979 yo residía en Oxford mientras trataba de terminar una tesis doctoral y daba clases en diversas facultades en calidad de conferenciante eventual. Mi primera novela acababa de ser aceptada en una editorial de Londres, pero iba a tener que esperar hasta enero de 1981 para verla publicada. Reseñaba libros, escribía cuentos, y me poseía una sensación de compromiso con la vida literaria que nunca he conseguido volver a reproducir plenamente. Lo leía todo. Compraba todas las revistas modestas. Nada se agitaba en el sotobosque del mundo literario sin que atrajera la atención de mi mirada ávida. Al mismo tiempo Susan, mi mujer, trabajaba en la editorial de la Universidad de Oxford como responsable de la publicidad y la mercadotecnia de las colecciones de literatura inglesa y de poesía. Una noche volvió a casa del trabajo con noticias sobre una nueva revista literaria que se estaba poniendo en marcha: había conocido al editor, un estadounidense, que buscaba publicidad, y ella había decidido contratar una página para apoyarlos.
¿Qué revista?, pregunté, mientras mis antenas culturales vibraban. Granta, la antigua revista de la Universidad de Cambridge. El tal estadounidense, Bill Buford, la está resucitando. Se pudo oír mi mofa. Mala idea, recuerdo que dije: ¿una revista universitaria? Sería como resucitar Isis (la equivalente de Granta de Oxford, en la que había colaborado habitualmente) e intentar volver a venderla como una revista literaria. Además, Granta era un nombre atroz, tan malo como Isis (otro río). ¿Qué le dice a los lectores potenciales? Nada. Una idea completamente descaminada, no tiene posibilidad alguna, ni fundamento.
Disfruto cuando los agoreros reciben su merecido y en esta oportunidad con gusto me fustigo por mi condescendencia y falta de acierto. Pero fue aquella primera ráfaga de Granta lo que me indujo a comprar el número 1 en Broad Street, frente a Balliol, cuando lo vi a la venta en una tiendecita que parecía vender todas las revistas literarias del mundo. Mi escepticismo se disipó de inmediato. Aquello no era una revista: era como un libro en rústica. Tenía título: «La nueva literatura de Estados Unidos». En la página del índice figuraban escritores como William Gass, Joyce Carol Oates, Donald Barthelme y Susan Sontag. En efecto, ésta era la antigua revista de la Universidad de Cambridge, pero reinventada con audacia. Era muy impresionante. Y allí estaba el nombre del editor, William Buford, el estadounidense que había ido a la editorial de la Universidad de Oxford pidiendo publicidad. La conexión fortuita me hizo comprarla y me hizo comprar asimismo el siguiente número, con su brillante cubierta roja y la novela corta de George Steiner que publicaban completa: El traslado de A.H. a San Cristóbal. Y a continuación compré el número 3, con su provocador título, «El fin de la novela inglesa». Al tratarse de alguien cuya novela inglesa estaba a punto de aparecer, leí sus lúgubres pronósticos y sus débiles atisbos de esperanza para el moribundo género con consternada fascinación. Allí estaba un escritor nuevo llamado Salman Rushdie con un extracto de una novela titulada Hijos de la medianoche; allí estaban Angela Carter y Russell Hoban, Lorna Sage y Christine Brooke-Rose. ¿Qué había que hacer para unirse a esta pandilla?

Lo cierto es que, cumplido su primer año, Granta estaba en plena forma y rebosante de facultades, y se consagró de un modo muy rápido como algo completamente diferente de sus pares y competidores. De hecho, las aspiraciones que se estableció en su primer año de publicación no han cambiado mucho a lo largo de su animada vida. En Granta 2 ya se promovía agresivamente de la siguiente forma:
Con números de doscientas, trescientas y cuatrocientas páginas, la publicación trimestral que ahora ofrecemos no se parece en absoluto a nada que se pueda hallar en Gran Bretaña. Es en parte una revista, en parte una publicación periódica, en parte un libro, una antología que no recoge sólo ficción, sino toda suerte de literatura –cuentos, ensayos, autobiografías, crónicas, poesía, incluso novelas enteras–, pero siempre literatura decisiva y que presente un desafío.
Granta ha estado con creces a la altura de su juvenil, descarada y audaz fanfarronada. Todo lo que le ha dado fama –la invención del «realismo sucio» en la nueva literatura estadounidense, sus fascinantes números temáticos, sus llamativas portadas (con la maravillosa ilustración de David Hockney para este número como apoteosis centenaria), sus reportajes gráficos, su revitalización del género de la crónica de viaje, y su fomento de un estilo de reportaje propio (profundamente personal, a menudo muy intrépido, siempre bien escrito)– se ha visto realzado a lo largo de los casi treinta años de su historia por la ficción publicada. Para un escritor de narrativa, el gran atractivo de Granta es que se podía escribir prácticamente sin límites de extensión y sin censura. Todo vale, auténticamente. Resulta sorprendente constatar las pocas revistas que ofrecen estas libertades literarias.
En mi caso, el paso de lector de pago a colaborador se produjo en 1983, con la publicación del Granta número 7 y la primera selección de «Los mejores novelistas jóvenes británicos». Los veinte aportamos una obra de ficción, y el título de mi primer cuento en Granta fue Extracts from the Journal of Flying Officer J [Fragmentos del diario del oficial de vuelo J], una revisión (con ilustraciones del autor) de Como gustéis, visto a través de la lente distorsionadora de Los oradores de W. H. Auden. Su publicación fue un contundente ejemplo de la generosa flexibilidad de Granta con sus escritores.
A lo largo de los años, bajo la batuta editorial de Bill Buford y luego de Ian Jack, han aparecido en la revista siete de mis cuentos, más que en ninguna otra publicación. Así que quizá sea justo pero raro que mi trayectoria vital en Granta haya sido ésta: de escéptico desdeñoso a colaborador habitual a entusiasta editor invitado. Mi objetivo para el número 100 ha sido muy sencillo: pedir a un conjunto de escritores relacionados con la revista que aportaran algo todavía inédito para esta señalada edición. Casi todos los escritores de este número han sido publicados por Granta con anterioridad, y algunos de ellos en varias ocasiones. Cumpliendo con otra de las tradiciones de Granta, la de abrir caminos, hay cuatro voces nuevas –Tash Aw, Lucy Eyre, Helen Oyeyemi e Ingo Schulze– que no han aparecido previamente en sus páginas.
El número 3 lanzó el concepto de «El fin de la novela inglesa». A lo largo de sus muchos años de existencia, el propio ejemplo de Granta y su experiencia han refutado esta noción. El tono funesto no tenía fundamento: no sólo la novela inglesa, sino otras formas literarias que Granta ha defendido, muestran vigorosas y dinámicas señales de vida, algo que resulta patente con la aparición de este número cien de la revista. Todos los aquí reunidos forman parte de la historia pasada, presente y futura de Granta, y constituyen una mínima selección de una más amplia comunidad de escritores, los cientos que han colaborado en la revista a lo largo de su dilatada existencia: la tertulia* de Granta, si se quiere. La palabra española es más rica en sus matices que el equivalente inglés circle of friends («círculo de amigos»), al dar a entender que los vínculos entre los miembros de la tertulia son excepcionalmente fuertes, los lazos intelectuales más firmes, los valores culturales que se comparten, fundamentales. Espero que Granta 100 demuestre que ese espíritu sigue sólido y floreciente.
Traducción de Ignacio Villaro
* En español en el original. (N. de la T.)
